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La mala racha
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Es quizás, más común de lo que debería serlo, escucharnos sugerir que el casino hace trampa, que el tallador manipula las cartas, que los dados están cargados o que el croupier envía la bolilla al número de la ruleta que él desee.
Esta absurda consideración es fácilmente rebatible por un principio que de tan obvio y simple parece tomarnos por tontos.
Lo absurdo de pensar que el casino pueda hacer trampa radica en el hecho mismo de que, establecidos prolijamente los juegos del modo en el que lo están, con pautas rígidas, estrictas y confiables, y dadas las probabilidades que a partir de allí pueden con total fiabilidad calcularse, resultaría innecesario, entonces, para el casino incurrir en una práctica tan ilegítima como punible, pues tiene las mejores chances de salir airoso enfrentado contra el común de los jugadores, lo que le asegura una ganancia. 
Hecho película hace un par de años, el libro de Ben Mezrich “Bringing down the house: the inside story of six M.I.T. students” narra la