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Aguas Calientes
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Ampliamente sabido es que a principios del siglo XX, como consecuencia de la Ley Volstead, en Estados Unidos rigió la denominada “ley seca”. Esta disposición prohibía las bebidas alcohólicas y también los juegos de azar.
Numerosos fueron, entonces, las consecuencias y devenires que trajo aparejada esta situación. Sin ser de aquellas que transcurrieron en la clandestinidad, podemos encontrar la constante de centros turísticos alternativos que acudieron al llamado de la necesidad de legítimo ocio y esparcimiento que les estaba vedada a los estadounidenses en su propia tierra.
El casino de Aguas Calientes, a 3 kilómetros del entonces embrionario poblado de Tijuana, México, vio la luz en esa coyuntura. Se lo situó en un paraíso natural, un mágico ambiente fecundo en aguas termales y bellezas autóctonas. Y se lo acompañó de un complejo turístico acorde a las cualidades del lugar.
Enseguida, Aguas calientes supo erigirse en un espejismo del deseo prohibido del mundo del espectáculo estadounidense, quienes cruzaban la frontera en busca de dar satisfacción a ese deseo.
Tiempos sumamente difíciles debió atravesar el complejo durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, condenándolo a una cuasi extinción. Se prohibieron los juegos de azar en México y el predio del complejo fue expropiado, demoliéndose gran cantidad de los edificios que lo conformaban y produciéndose un saqueo de las instalaciones.
En tiempos más recientes, diversos movimientos orientados al rescate cultural intentaron con escaso éxito promover una defensa del casino, entendiéndolo como parte del pasado histórico del municipio de Tijuana.
Finalmente, en el año 2008, bajo el amparo del multimillonario Jorge Hank Rhon, miembro del PRI, el Casino de Aguas Calientes pudo, en medio de un gran espectáculo montado a tal fin, reabrir sus puertas.