feb
3rd
Volviendo al año 1891, año en que esta historia tuvo lugar, debemos decir que un día como cualquier otro, en Monte Carlo, Charles Wells ingresó al casino con la extraña confianza de quien en sus pasos seguros presiente el aire de victoria que está por venir y, aún sin saberlo, casi puede presentir que ese día no sería, en realidad, un día más.
Según dicen algunos, la racha de buena suerte que en esa noche de casino Charles Wells protagonizó, no solo no había tenido semejanza en ninguna otra que hubiese sucedido hasta ese momento, sino que nunca más se volvió a repetir.
Quizás se trate de una exageración. Sabido es que las cosas que sucedieron muy atrás en el tiempo, muchas veces pueden resultar objeto de una magnificación producto de la exaltación con que los tiempos pasados se nos hacen, en nuestras mentes, de pronto presentes. Y las historias de casino, en este sentido, no constituyen ningún tipo de excepción.
Pero, más allá de la salvedad que nos vemos obligados a introducir, no podemos más que asegurar que los resultados en el casino, esa noche, ciertamente acompañaron al gran Charles Wells.
Eran cuatro mil libras las que había llevado consigo al casino el Sr. Wells. Y el juego en el que había decidido que probaría a su suerte no estaba en discusión: la ruleta sería el juego de casino que coronaría su noche de suerte.
Su ganancia, en un primer momento, llegó a la, histórica hasta ese momento, suma de un millón de francos, una suma de magnitud por demás importante para la época. Pero no conforme, el gran Charles prosiguió y se alzó con una ganancia idéntica a la primera.