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21st
Un momento muy trascendente en la historia del póker, mucho antes de que se consolidara en los casinos como una de sus atracciones principales, fue en la conquista del oeste norteamericano. Todo aquél que haya visto una película sobre los polvorientos y desolados pueblos del lejano oeste de los Estados Unidos, en las que moraban esos cowboys oficiando de héroes, recordará que el póker era moneda corriente en los bares, tabernas y hoteles.
Esta es la época de consolidación del póker. Su recuerdo no hace más que evocar lo que muchos aficionados a los casinos gustan llamar la época dorada del póker.
En medio de divertidas (o no tanto) aventuras, viajeros llegaban de aquí y de allá a los pueblos del oeste, el cual consistía en un territorio en expansión, lejos de estar consolidado como una parte real del naciente país. La liviandad de sus destinos los llevaba a estar dispuestos a arriesgar mucho por el mero hecho de hacerse ricos.
El póker reunía todas las condiciones: era un juego ciertamente emocionantes, en el cual podían estos viriles cowboys hacer gala de sus agallas, de su hombría y de sus valientes decisiones, y además podían ciertamente no solo arriesgar mucho, sino también, si eran realmente buenos, atesorar impresionantes ganancias que cambiarían sus destinos para siempre.
Incipientes casinos llevaban por nombre, en ese lugar y en ese tiempo, saloons, y allí se llevaban adelante las más emocionantes contiendas que la historia de este juego de azar recuerde, siendo objeto de evocación en toda nueva gran partida que se disputa.